Andaba
buscando un manantial
De agua viva teñido,
Que alumbrara mi sed de lumbre
Y aplacara el largo camino.
Cuando
Una estrella iluminó mi fatiga
Con un reloj de arena para cortar
Las horas del atenuado día.
Era cálida de corazón.
Pero sus rayos eran fríos
Como un silencio abrasador.
Su luz,
cual luciérnaga escurridiza,
me hacía tambalear
entre las ramas huidas
De un solitario rosal.
Y sus manos encadenadas
a un arco de nubes blancas
Escondían un esclavo aullido
Que me precipitaba
Hasta caer al suelo, aturdido.
Así era mi estrella
Siempre alejándose
Cuando más me acercaba a ella.
De conocerla antes
Encantado estaría.
En el tiempo que brillara esplendorosa
Ante las batallas del día,
Ante la resignación de verse
Envuelta entre gaviotas aburridas.
En aquel tiempo
que enzarzara su luz
al mágico sabor de una alegría.
Y barriera los desvaríos
Dibujando en unas hojas caídas
La espuma suave
del tierno llanto de una niña.
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